Innovar para dejar de competir solo en costes

La innovación es el puente que permite pasar de una economía que adopta soluciones ajenas a otra que también genera conocimiento, patentes, procesos y modelos de negocio propios. La innovación no se limita a los laboratorios ni a las empresas tecnológicas. Puede estar en una planta industrial que reduce el consumo de energía, en una explotación agraria que utiliza datos para ahorrar agua, en una pyme que digitaliza sus ventas o en una Administración que simplifica un trámite. Innovar es resolver mejor un problema y escalar la solución.

En este ámbito, la distancia que separa a Iberoamérica de las economías de referencia es especialmente amplia. El gasto medio en I+D alcanza el 2,9% del PIB en la OCDE, frente al 0,4% del conjunto de Iberoamérica y el 0,3% en los países iberoamericanos del continente americano. España, Portugal y Brasil presentan los registros más altos de la región, pero también se sitúan por debajo del promedio de la OCDE. La baja inversión limita la capacidad para generar tecnología, absorber conocimiento externo y avanzar hacia actividades con mayor valor añadido.

En este sentido, aumentar el presupuesto es obligado, aunque no suficiente. La innovación necesita continuidad, cooperación y mecanismos que acerquen la investigación al tejido productivo. Universidades, centros tecnológicos, empresas, inversores y administraciones deben optimizar la transferencia de conocimiento, compartir retos y reducir la distancia entre una buena idea y su aplicación comercial.

También es imprescindible facilitar el acceso de las pequeñas y medianas empresas a la tecnología, la financiación y el talento, porque son ellas las que sostienen buena parte del empleo y, a menudo, encuentran más barreras para innovar por las limitaciones que impone su tamaño en cuanto a recursos y capacidad financiera.

La protección de los derechos de propiedad y la seguridad jurídica completan este ecosistema. Quien invierte tiempo y recursos en desarrollar una solución necesita reglas claras, contratos exigibles y un marco de estabilidad y fiabilidad que permita competir.

El informe observa, de hecho, una estrecha relación entre la protección de la propiedad y la preparación para adoptar la inteligencia artificial, porque la innovación florece donde el conocimiento encuentra talento, capital, infraestructuras y confianza.

Una agenda común para una región diversa

Hablar de Iberoamérica obliga a reconocer su heterogeneidad, como ya se ha apuntado. Las prioridades de una gran economía industrial no son idénticas a las de un país pequeño, insular o dependiente de materias primas. Los niveles de renta, estabilidad macroeconómica, calidad institucional y desarrollo tecnológico varían considerablemente de unos a otros. Por eso no existe una única hoja de ruta ni un mismo ritmo de reforma. Sí existe, sin embargo, un principio compartido: la inversión solo se convierte en crecimiento sostenido cuando encuentra capacidades productivas y un entorno estable.

La región necesita más inversión y de mayor calidad, con vocación de permanencia y capacidad para difundir tecnología, formar trabajadores con orientación a la empleabilidad y desarrollar proveedores locales. Para atraer esta inversión no basta con ofrecer recursos o costes competitivos. Se necesita estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica, regulaciones comprensibles, administraciones eficaces y mercados integrados. Esas condiciones reducen el riesgo y permiten que empresas y gobiernos planifiquen a largo plazo.

En infraestructuras, el foco debe ponerse en proyectos conectados entre sí, bien mantenidos y con impacto medible sobre la productividad. En innovación, la continuidad de las políticas y la cooperación entre ciencia y empresa deben pesar más que las iniciativas aisladas. En los tres ámbitos, evaluar resultados permitirá corregir errores y concentrar recursos donde generen mayor valor económico y social.

Iberoamérica tiene ante sí una oportunidad que no depende únicamente de la coyuntura. La transición energética, la digitalización y la búsqueda de cadenas de suministro más resilientes están redibujando el mapa de la inversión mundial.

La región puede ocupar un lugar relevante, pero el éxito dependerá de que transforme sus ventajas naturales y culturales en capacidades: personas preparadas, redes que conecten y ecosistemas que conviertan conocimiento en soluciones.

Capital humano, infraestructuras e innovación. De la solidez de estos tres pilares dependerá que el potencial de la región deje de ser una promesa y se convierta en una realidad de empleo, productividad, bienestar duradero y desarrollo equitativo en Iberoamérica para las próximas décadas.



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