Vivimos un contexto internacional marcado por una creciente fragmentación geopolítica, tensiones energéticas, presión sobre los costes y una transformación acelerada de la economía global. La energía, la movilidad, la conectividad o la seguridad han dejado de ser elementos secundarios para convertirse en variables estratégicas.

En este escenario, el turismo ya no es únicamente un motor de crecimiento. Es también un sistema de resiliencia económica y social. Un sistema que conecta territorios sostiene empleo, genera oportunidades y proyecta estabilidad en un entorno de incertidumbre.

España ocupa hoy una posición privilegiada. Somos un país competitivo, fiable y seguro. Y eso se traduce en que, en un momento en el que el mapa turístico internacional se está reconfigurando, España está captando demanda y reforzando su posicionamiento global.

Pero debemos ser conscientes de que parte de esa demanda responde también al contexto internacional.
No podemos confundir coyuntura con modelo.

El verdadero reto de España no es solo liderar las cifras de visitantes. Es liderar lo que hay detrás de esas cifras: el valor, la calidad, la sostenibilidad y el equilibrio.

Porque hablar de turismo es hablar de convivencia, de empleo, de inversión, de cohesión territorial, de conectividad y también de reputación país.

Y es precisamente ahí donde aparece uno de los grandes desafíos del momento:
la legitimidad social del turismo.

El turismo tiene nombre propio



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